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domingo, 19 de septiembre de 2010

Vamos hacia el infierno


Kanikosen

KOBAYASHI, Takiji

Ático de libros. Barcelona, 2010.



«Vamos hacia el infierno». Así comienza Kanikosen (el pesquero) del escritor japonés Takiji Kobayashi. Toda una declaración de principios. El infierno de la sobrexplotación, el abuso, la plusvalía, el miedo al patrón y al despido, la vigilancia del Estado que, protegiendo, nos condena y aprisiona, también el infierno de la rebelión y la conjura contra los principios jerárquicos que parecen anestesiarnos. Novela escrita en 1929. Otra crisis mundial. Otro ciclo regresivo del capitalismo. Un pesquero japonés sale a faenar en aguas rusas (la península de Kamchatka). Su tripulación la componen desheredados, deudores, precarios, estudiantes, campesinos sin tierra. La labor consiste en capturar cangrejos. Es una época de convulsiones socioeconómicas y nacionalismo exacerbado. Por eso las empresas y el gobierno japonés apelan al patriotismo. Trabajar duro y aceptar el ajuste se ha convertido en una labor patriótica. Un desafío individual. El cometido es agotador. Condiciones infames. Insalubridad. A la sala donde descansan los obreros y pescadores tras el tajo se la denomina “letrina”. Llegan las enfermedades, el agotamiento, los castigos arbitrarios. La jefatura, pocos, apenas diez personas frente a ciento cincuenta menestrales. Sus órdenes, en cambio, muchas. Y poco a poco la desesperación mezclada con la rabia van generando las condiciones para la rebelión y la huelga. ¿Les suena todo esto? Ahora supongamos que no estamos en 1929. Supongamos que en vez de un escritor japonés, comunista, arrestado el 21 de febrero de 1933 por la policía nipona, asesinado tras varias y crueles sesiones de tortura, nos encontramos en 2010, en plena crisis mundial. Hay otro ciclo regresivo del capitalismo. Imaginemos que en vez del patrón del Hakko Maru (así se llama el pesquero de esta novela) empresarios españoles e indonesios comercian con cerca de 1.600 pescadores asiáticos cada año. Imaginemos que vienen con una situación laboral regulada (la misma que los desheredados de Kanikosen), sin embargo cobran un sueldo por debajo del salario mínimo. Supongamos que viven con 300 euros al mes. Encerrados en sus cabinas y bodegas. Supongamos que, como reclama Xabier Aboi (de la Confederación Intersindical Galega) «La explotación sigue en los puertos atlánticos, por el salario de un marinero gallego contratan doce indonesios». Imaginemos que sus condiciones de habitabilidad, trabajo, seguridad, higiene, son tan nefandas como las sufridas por los operarios del Hakko Maru. Supongamos que la prensa “nacional” no se hace eco de estos pescadores indonesios porque eso significaría sacar los colores a grandes y provechosas empresas patrias, cuyos propietarios son prohombres de la pesca gallega y eso, en tiempos de crisis, es antipatriótico. Supongamos que en vez de Takiji Kobayashi, escritor comunista, japonés, arrestado y asesinado por la policía nipona en 1933, estas informaciones puedes leerlas, un día cualquiera, por ejemplo el 15 de septiembre de 2010, en el periódico quincenal Diagonal (http://www.diagonalperiodico.net/) . ¿Qué deberíamos pensar? ¿Simples casualidades históricas? Quizá por todo ello, comprendamos mejor ahora las razones que han llevado a esta novela ha convertirse en un best seller inesperado (como reclama The New York Times) entre la juventud japonesa. Empleos precarios. Inseguridad laboral. Pensiones en duda. Todo el sistema vendido a los cuatro vientos hecho pedazos. Entonces regresa la literatura y en su nombre este viejo libro, reeditado y renacido, y se coloca en el primer plano de la educación sentimental postmoderna de una juventud, señalando los puntos de anclaje de este capitalismo salvaje y destructor. Takiji Kobayashi no ha muerto.

jueves, 22 de mayo de 2008

Camino de destrucción

La carretera (2007)
MCCARTHY, Cormac

¿Quién es Cormac McCarthy? Aunque unas pocas fotografías nos dan idea de su semblante concentrado, cuidar de su intimidad y rehuir las entrevistas le ha permitido forjarse una biografía casi tan secreta como la de J. D. Salinger (El guardián entre el centeno, 1951) o Thomas Pynchon (El arco iris de la gravedad, 1973). Al menos, el éxito de la película No es país para viejos, de los hermanos Coen, basada en una novela suya, le ha brindado la oportunidad de ganar más lectores.

La carretera (Premio Pulitzer, 2007) tiene vocación de apocalipsis. Desde el punto de vista de la historia, nos presenta un mundo asolado que la catástrofe ha cubierto de una pátina de ceniza permanente; desde el punto de vista del relato, la fragmentariedad del discurso adelgaza el estilo a una prosa seca con intermitentes rescoldos de lirismo.

Un padre y su hijo peregrinan hacia el sur por una carretera que podría llevarlos a la salvación. Sólo el contrapunto de las ciudades calcinadas y los pueblos de donde apenas puede rescatarse nada los aparta de la ruta en busca de alimento. En un cambio de era donde la naturaleza es ajena al sufrimiento y donde la ética es un terreno baldío, la ambigüedad lo penetra todo: la trampilla del sótano de una casa abandonada puede llevar al espanto o a la felicidad como si entre ellos no existiera gradación alguna.

Que nadie espere una novela experimental al uso: aquí importa la intensidad del símbolo, no el alarde técnico. No obstante, más allá del admirable logro de atraparnos en una desolación sin límites, una cierta monotonía descriptiva, sobre todo en el primer tercio de la obra, y un exceso de esquematismo en el retrato de los personajes amenaza la perfección de La carretera.

domingo, 18 de mayo de 2008

Devastación

Chesil Beach. Ian McEwan (Anagrama, 2008)


No soy muy dado a comentar libros basándome en su carga emocional, creo que su apreciación puede ser aún más subjetiva de lo que por si ya resulta el comentar una obra de ficción. Ha pasado un tiempo desde que acabé esta novela de Ian McEwan, autor del que solo había leído anteriormente Amsterdam (de la que guardo un agradable aunque muy difuso recuerdo) y aun no puedo desligar el placer literario que me produjo del amargo y doloroso trueno que provocó en mi interior. Así que mando a paseo los consejos de mantener la cabeza fría y me lanzo sin vergüenza a recomendar esta breve e intensa novela con el ardor de un ingenuo novato.

No obstante he de hacer una aclaración. No suele ser habitual, pero leí Chesil Beach en ingles. De vez en cuando leo en su idioma original algún ensayo pero meterse con una novela es harina de otro costal. No obstante la he releído en su bien trabajada traducción al castellano y no ha variado un ápice mi opinión sobre la misma. Pues bien, todo esto viene al caso de que cuando recibí On Chesil Beach una de las cosas que más me sorprendieron era la frase 'promocional' que aparecía en la cubierta, al parecer extraída del suplemento dominical del diario The Independent. 'Wonderful... Exquisite... Devastating', rezaba la misteriosa línea. Una vez acabada la lectura no puedo estar más de acuerdo con el autor de ese haiku critico, ese slogan minimal.

Protagonizan la obra de McEwan una pareja de recién casados en un día de verano de 1962. Dos jóvenes, juiciosos y maduros, bien educados, que acaban de llegar a un hotel de la costa británica en su noche de bodas. El autor describe con puntilloso detalle cada instante de esa primera intimidad matrimonial desplegando una cualidad casi decimonónica en su análisis de los miedos e inseguridades de la joven pareja. Los capítulos de meticuloso acercamiento carnal se van alternando con miradas al pasado de los protagonistas. En éstos, McEwan va describiendo la inevitabilidad de un destino caprichoso que empareja a dos personas azarosamente y que, por lo tanto, tiene el mismo poder de unir como de separar tan solo ayudándose de un instante afortunado o cruel.

Con un estilo elegante, incisivo, punzante en ocasiones en lo que a las observaciones intimas se refiere, el escritor va construyendo lo que en principio puede parecer una placentera lección de amor y amistad y acaba siendo un drama, no por dilatado, inevitable. Y es que hay un germen anidando en esa relación, un tumor que, desgraciadamente, marcará las horas inmediatas a la boda. La novela parece avanzar hacia un huracán de reprimendas y acaba en un pozo de hermosa desesperanza y bella amargura. En sus páginas finales se plantea una última mirada hacia el futuro de los protagonistas que no hace sino acentuar la sensación que ya nos advertía la frase promocional, devastación. Una devastación íntima, una voladura controlada de los sentimientos. Y sobre la nube levantada por esa milimetrada explosión, surge el polvo, ese polvo enamorado de Quevedo, que parece que se nos meta en los ojos y nos los irrite. A mi al menos, aquel polvo de la devastación hizo que se me humedecieran los ojos, será que tengo sensible la conjuntiva…

martes, 6 de mayo de 2008

Humor absurdo en la Palestina del año 0

El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008)
Eduardo MENDOZA


Escribir una novela de humor debe ser uno de las tareas más complicadas del trabajo de escritor. Suena a tópico, desde luego, pero pensemos en cada uno de nosotros cuando cuenta un chiste: nos enfrentamos al reto de hacer reír y muchas veces fracasamos.

Eduardo Mendoza es un novelista que se ha destacado por diferenciar dos líneas muy claras: serias y cómicas. No hay mezclas. En ambos casos, demuestra que ha trabajado mucho la documentación y el estilo para mantener la intensidad del relato.

El caso que hoy nos ocupa es un ejemplo de esas novelas de humor de Mendoza. No llega a la astracanada de "Sin noticias de Gurb", pero supera a "El misterio de la cripta embrujada" y sus sucesoras.

Hay comienzos novelísticos que han pasado a la historia: "En un lugar de La Mancha...", "Yo, señor, soy de Segovia", o más recientemente aquel de "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente". Yo añadiría a esta lista el principio de Pomponio: "Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envían, la diarrea es la más pertinaz y diligente".

Con este inicio, Mendoza hace parodia del estilo epistolar clásico, que Yourcenar nos acercó en "Memorias de Adriano". Pero lo mejor está por venir: Mendoza juega con el relato evangélico, pone en tela de juicio principios cristianos, los mezcla con situaciones absurdas y muestra el lado humano de una persona que tiene su toque de fantoche.

Pomponio se encontrará con un carpintero de Nazaret, llamado José, y entablará amistad con su hijo Jesús. La parodia alcanza verdaderas cumbres con el dominio del lenguaje, que juega con la pomposidad atribuida a los clásicos y rompe esa seriedad del discurso con rupturas modernas.

El caso detectivesco planteado es el fondo para presentar una parodia que nos hace poner a unos actores conocidos en una situación ininmaginada. Quizá, como me decía una vez un amigo, lo bueno de la historias es buscar las interpretaciones y variaciones. Del Evangelio se sabe la historia, pero ¿y si jugamos un poco con los personajes?

Mendoza juega y divierte al lector. Pero no veais sólo un entretenimiento de autor, es una novela de gran enjundia narrativa y estilística. Nihil obstat.

sábado, 12 de abril de 2008

Una vida paralela para poder vivir

Juegos de la edad tardía (1989)

Luis LANDERO

¿Quién es Faroni? Es la pregunta a desvelar en esta novela, la primera publicada por el escritor pacense Luis Landero. Gregorio Olías lleva una vida sin incentivos, es un personaje que refleja cierta mediocridad y que deja volar su imaginación con ilusiones.

A priori, esto no hace muy atractiva la obra. Sin embargo, el nudo llega cuando Gregorio proyecta su vida soñada en Faroni y crea un personaje a través del cual se da a conocer a Gil, un compañero de trabajo al que sólo trata a través del teléfono.

Lo que comienza como un juego de un cuarentón desencantado, acaba por absorberle. Llega un punto en que ambos personajes se confunden: ¿cuándo es Gregorio y cuándo es Faroni? Sus invenciones llegan a cobrar cierta realidad, no porque sean ciertas, sino porque cree que lo son.

Landero presenta a un personaje que en la realidad se le tomaría por un loco o un sinvergüenza. Sin embargo, le muestra como alguien que descubre en Faroni el incentivo que necesita para vivir cada día. En cierto modo, como se dice en las páginas finales, es el ser humano en sí mismo, que ni es absolutamente bueno, ni absolutamente malo.

El desarrollo de la novela llega a puntos realmente histriónicos, ya que Gregorio se supera a sí mismo en cada página con sus invenciones sobre Faroni. Gil, ingenuo y deseoso de novedades que le ilusionen en medio de su aburrida vida en un pueblo, cree todo a pies juntillas.

Landero estructura la novela de una forma muy clásica, con las tres partes (introducción, nudo y desenlace) claramente marcadas. Pero la grandeza de la novela es cómo consigue jugar con el lenguaje, que es el artífice de la obra: un personaje que recrea otro personaje inventado para que un tercero se lo crea. Landero consigue hacer metanovela, marcando los ritmos de forma ondulada, ahora sube, ahora baja, en función del ánimo de Gregorio.
¿Hasta que punto Gregorio es altruista y se deja enredar para ilusionar a Gil? ¿Hasta que punto es egoísta y hace crecer a Faroni para satisfacerse a sí mismo? Debo reconocer que las carcajadas de las que me hablaron muchos que ya lo habían leído no se despertaron en mí, porque me acabé enfrentando a Gregorio y su mediocridad.

lunes, 24 de marzo de 2008

Entrevista con Eduardo Mendoza (y II)

Sobre la nueva narrativa
Eduardo MENDOZA

La defunción de la novela fue una polémica afirmación sobre la que Eduardo Mendoza ha tenido que dar muchas vueltas. A continuación, el novelista catalán explica el sentido de aquellas palabras y su nuevo concepto sobre la narrativa, si bien su última obra está lejos de esas ideas. Contradicción de escritor o, quizá, de ser humano.


P: Hace diez años planteó la muerte de la novela, un tema sobre el que luego ha vuelto a hablar. ¿Cuál ha sido la evolución del género desde aquella declaración?
R: Yo no dije que la novela hubiera muerto, sino una forma particular de novelar y la evolución me ha dado la razón. No era el único que decía que, en estos momentos, es infrecuente una novela convencional, de las que yo decía que no podían seguir viviendo. Siempre quedan novelas arcaicas que son “best-sellers”, pero la de actualidad es una novela reportaje, en la que hay una mezcla de realidad y ficción, de periodismo y relato, de historia, de conocimiento, de información.
P: ¿Podría decirse una novela multidisciplinar?
R: Por ejemplo, sí.
P: ¿Hasta cuándo va a continuar la influencia del periodismo en la novela?
R: Yo creo que el periodismo, que hasta hace poco ocupaba un lugar muy específico, en estos momentos ha invadido un gran territorio. El discurso intelectual individual y colectivo se realiza en el periodismo. Antes, el periodismo informaba y, a veces, era el órgano de un determinado sector político o religioso, pero no tenía este proyecto de englobar la sociedad. De hecho, se podría vivir sin leer más que periódicos o escuchar la radio o la televisión porque su campo de acción es total. Esto tiene que influir forzosamente.
P: Usted citó “Soldados de Salamina”, de Javier Cercas, como uno de los referentes de la novela actual, ¿por qué?
R: Sí, yo creo que fue una de las novelas que marcó esa diferencia y seguramente en la historia de la narrativa española se considerará un hito, al margen de sus valores, precisamente porque allí radicaba buena parte del atractivo que tuvo y sigue teniendo. Tiene otros atractivos, como que es interesante, que está bien escrita, que es divertida, que trata de un tema importante y lo trata de una forma que sólo se podía tratar en ese momento de esa manera, en esta especie de periodismo ficción, metaficción, en la que el autor se incluye dentro de la novela con elementos verdaderos y falsos.
P: ¿Es “Mauricio y las elecciones primarias”, su última novela, un ejemplo de novela actual?
R:
No, por ir contracorriente. No porque me parezca interesante, sino porque me parecía que había que tratar el tema de una manera como antigua, con una receta casera, y prescindí de estos juegos. Es una novela tradicional, es una clara evocación de la novela tradicional. También esto es una forma de salir de la novela convencional, que es una novela que cuenta con la complicidad y el conocimiento literario del lector. Ya no se leen las novelas de ida, sino siempre de vuelta, de alguna manera.
P: ¿Se plantea continuar con la novela “seria”?
R: Sí, me gustaría continuar esta historia (“Mauricio o las elecciones primarias”), no necesariamente con los mismos personajes. Me pareció que me quedaba corto, no porque tuviera muchas cosas que decir, sino porque quería trabajar este momento.
P: ¿Qué es lo que se transmite en una novela?

R: No lo sé. Leemos novelas escritas en países remotos, en tiempos remotos. Seguramente, si un japonés del siglo pasado supiera que le leemos, pensaría ¿qué pueden entender? y, sin embargo, lo entendemos, entendemos lo que nos imaginamos a partir de unas propuestas. Cada cultura lee, pero lo lleva hacia un terreno u otro. Esta novela (“Mauricio o las elecciones primarias”) fue leída en Francia como una novela esencialmente política, como una reflexión sobre los años de la post-transición en España, que efectivamente lo es. Pero en Alemania se leyó como una historia personal, de unos personajes que, en un momento de la historia, se comportan de una forma y entablan unas relaciones individuales, que también lo es.

viernes, 7 de marzo de 2008

Entrevista con Eduardo Mendoza (I)

Sobre su novelística y su teatro
Eduardo MENDOZA

El escritor barcelonés Eduardo Mendoza estuvo recientemente en Alemania para presentar la versión alemana de su novela "Mauricio o las elecciones primarias". Mendoza concedió una entrevista a un medio de comunicación español, de la que se publicó un extracto. El texto aquí publicado corresponde a la parte que se tuvo que desechar. En esta primera parte, Mendoza habla de algunos rasgos de su narrativa y de sus textos teatrales.

P: En su novelística, el componente humorístico es uno de los elementos más utilizados, ¿por qué se inclinó por él?
R:
Yo no me incliné por el elemento humorístico, no creo que uno decida ser serio o cómico o lírico, sino que uno es como es, y cuando se pone a escribir, se pone a escribir con su propia personalidad. Uno refleja su personalidad y la mía es así.
Por otra parte, desde hace un tiempo considerable el elemento humorístico es imprescindible en la narración, hay muy poca a partir de un momento del siglo XX en que el humor no esté muy presente.
P: ¿Es el humor hoy una necesidad en las novelas?
R: En la narración, no sé si es una necesidad, pero desde luego es uno de los elementos del lenguaje que está presente desde Joyce, Kafka, Beckett o Thomas Bernhard. Son gente que utiliza el humor como elemento propio de la novela, quizá porque la novela prescindió durante mucho tiempo del humor. La novela del siglo XIX es una novela sin humor, no está concebida desde el humor.
P: Barcelona y los personajes marginales o que tienen contacto con algo marginal que les condiciona son otros rasgos de su narrativa. ¿Qué le llevó a marcar estos rasgos?
R: Desde el principio, un tema que me interesa mucho es la evolución de las ciudades como entes autónomos. Todo el mundo está convertido en ciudades, casi no queda campo, a diferencia de otras épocas.
Esto hace que la ciudad se convierta en algo muy importante y, al mismo tiempo, el ciudadano es un poco alguien marginal que llega a la ciudad y ha de conquistarla. No ha de conquistar su puesto de trabajo, su lugar en el mundo, sus relaciones personales, sino que ha de conquistar, de alguna manera, la ciudad. En estos momentos, el desarraigo es más frecuente que el arraigo.
P: ¿Refleja usted este desarraigo urbanita en sus personajes?
R: La condición humana, en estos momentos, es ser urbanita y desarraigado. Seguramente, antes era ser de pueblo y con hondas raíces que se hunden en el pasado, pero ahora es lo contrario.
P: Dentro de su obra hay una parte menos conocida, el teatro, que lo escribe en catalán. ¿Por qué utiliza el catalán en el teatro?
R: Yo había escrito teatro muy al principio, pero nunca me había planteado escribir teatro para ser representado. Cuando me propusieron escribir teatro, vino de una actriz catalana que me pidió una obra y me animé. La escribí y, como era para el teatro catalán, pues lo hice en catalán, que también es una de mis lenguas literarias. Tengo varias cosas escritas, pero siempre me he negado a que se publicaran. A lo sumo, si algún día a alguien le parece interesante, pueden publicar un volumen con mis obras de teatro, pero publicar el teatro no vende, es una ruina. “Restauració” se publicó y se vendieron 150 ejemplares. La gente no compra teatro.

jueves, 28 de febrero de 2008

Volver a Sábato

El túnel (1948),
Ernesto SÁBATO

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. Ése es el primer bocado que Ernesto Sábato (Buenos Aires, 1911) nos sirve de El túnel, la historia de un crimen, la historia de un amor, pero, sobre todo, la historia desesperada de un hombre que intenta en vano una comunión imposible con otro ser. Como en el mito de las almas que se buscan para completarse, Castel se lanza a una loca persecución cuando, en un salón de pintura, ve que una joven queda fascinada por un detalle de la obra que él ha presentado. El cuadro es una maternidad, pero en la parte superior izquierda hay una pequeña ventana en la que se ve a una mujer en una playa, mirando al mar, que pasa desapercibida a todos los visitantes menos a la entonces desconocida.
Descubrir que hay alguien que ha visto lo “esencial”, intuir que existe una persona que puede entenderlo al él mismo, mueve al pintor a buscar por caminos inciertos y vacilantes a María Iribarne, hasta encontrarla, por casualidad, meses después. Todo el proceso que acaba desembocando en el crimen –cómo la conoció, cómo la amó y cómo acabó con su vida- es el que quiere contar Castel en su manuscrito, que convierte en una mezcla de novela policial y ensayo filosófico, delirante y desesperado sobre la existencia y la incomunicación humanas.
Esa primera persona que nos hace espectadores privilegiados del delirio de Castel, de su realidad deformada, y ese recurso al manuscrito que nos convierte en interlocutores nos fuerzan también a sentirnos implicados y nos obliga además a poner todo nuestro afán en comprender lo que parece incomprensible. “...y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA PERSONA”, subraya el propio Castel. La locura del pintor lo envuelve y lo ahoga como a un barco las olas del temporal y, sin embargo, de vez en cuando recupera la lucidez y, como si sacase la cabeza del agua para respirar, se enciende ante sus ojos una luz, pero una luz negra: “...había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío (...) en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles”.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Lo deshumano

El gran cuaderno (1987),

“Tenemos una regla muy simple: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que entendemos, lo que hacemos”. Esta es la premisa de El gran cuaderno -la primera obra de la trilogía Claus y Lucas, que se completa con La prueba (1988) y La tercera mentira (1991)-; la premisa con la que toman lápiz y papel los protagonistas de esta fábula sobre la deshumanización, dos hermanos gemelos cuya madre deja durante la guerra al cuidado de una abuela malvada que no los quiere porque dice no tener qué darles de comer. Sin hacer valoraciones, sin registrar nada más que hechos e impresiones sensoriales, los dos niños, que se comportan como uno solo, van dando cuenta hasta que se hacen jóvenes del cruel y voluntario proceso que los va despojando de las miserias y grandezas humanas –el dolor, el hambre, la compasión, el amor...- para poder vivir en el mundo que les ha tocado, cargado de violencia, abusos e injusticias.
Agota Kristof (Cskvand, Hungría-1935) decía en una entrevista publicada en febrero de 2007 en Babelia: “¿Para qué dar vueltas? ¿Para hacer literatura? No me interesa la literatura”. Y el de la escritora húngara no es sólo desinterés por el adjetivo, lo poético o la forma, sino por lo que la literatura tiene de humano: la transmisión de sentimientos, de sensaciones, la subjetividad. Kristof, quien asegura no creer en los sentimientos, sólo quiere ser objetiva y así construye una novela fría, cruel, en la que los horrores de los que son víctimas o culpables los protagonistas acaban resultando amortiguados por la propia parquedad del relato, como si los lectores fuesen alcanzados también por el brutal proceso de deshumanización. Y es esa misma deshumanización la que permite a los protagonistas sobrevivir a todos los que les rodean y conseguir además dinero, comida y hasta libertad. ¿Pero de qué vale ser rico, ser gordo o ser libre sin ser humano?
Kristof no hace, sin embargo, preguntas, no emite juicios y no salva ni condena a nadie y logra crear una novela mediante pequeñas escenas de la vida de los gemelos que desasosiega, incomoda y, en ocasiones, produce un rechazo que da ganas de alejar el libro del propio cuerpo. Esa es la tarea de la que se encarga la escritora. La de poner la piel y los sentimientos se la deja a los lectores.

viernes, 26 de octubre de 2007

Para escuchar

Ayer no te vi en Babilonia
António LOBO ANTUNES

No son ojos sino oídos los que hay que acercar a este libro. Y hay que estar preparada para escuchar cualquier cosa. Lobo Antunes hace hablar en esta novela a ocho personajes apenas definidos, pero a ellos une decenas de gargantas que van salpicando con frases que parecen letanías los monólogos interiores que constituyen la obra. Quien se atreva a escuchar, oirá incluso al propio autor cuando susurra: “chamo-me António Lobo Antunes, nasci en São Sebastião da Pedreira e ando a escrever um livro”. Y, si eso vale, vale cualquier cosa.
Como si se hubiese acercado a los muros de las casas por las noches para escuchar, el autor reúne durante una madrugada de duermevela las voces sin nostalgia, sin futuro y sin esperanza de un ex policía torturador, de la mujer con la que está casado, quien conserva la cuna del hijo que nunca tuvo, y de la mujer que lo “espera en Lisboa”, cuya única hija se suicidó a los quince años. A medida que pasan las horas, desde la medianoche hasta las cinco de la mañana, a estas tres voces se van uniendo otras que con sus propios recuerdos, sueños y desvelos van dando sentido a los retazos de vida y de historias que Lobo Antunes no hace más que sugerir. El resultado es un libro desconcertante, desesperanzado y tremendamente vivo, a pesar de que quien en verdad reina en sus páginas es la muerte, que nos sitúa en una vigilia cruel donde el pasado doloroso se impone, aunque alguno se empeñe en no recordar o en inventarse una vida nueva.
El libro descoloca, remueve y, por si alguien lo dudaba, permanece como un eco en los oídos. “E agora, pergunto, o que será de mim quando acabado este capítulo deixarem para sempre de me ouvir, quem se lembrará do que fui / Y ahora, pregunto, qué será de mí cuando acabado este capítulo dejen para siempre de escucharme, quién se acordará de lo que fui”, pregunta una voz. Se acordarán todos los que te han escuchado, seguro
.