
Mario Bellatin
(Anagrama, 2007)
Si preguntamos al lector medio de nuestro país por literatura hispanoamericana, seguramente las primeras referencias que lleguen a nuestros oídos serán «Boom», «Realismo mágico», «Editorial Sudamericana», «Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar, Carpentier» y así hasta un largo etcétera de lugares más o menos transitados. Pero como no podía ser de otro modo, muchas cosas han cambiado en la narrativa latinoamericana reciente. Para empezar, el horizonte escriturario se ha diversificado, se ha fragmentado, y a los polos de fuerza tradicionales (México, Argentina, Chile, Colombia, Perú, Cuba y Brasil), se le han ido añadiendo nuevas realidades difíciles de clasificar (pensemos, por ejemplo, en la escritura chicana de EEUU). Pero no es aquí donde querría detenerme. Si la imagen colectiva que aún conservamos de «lo hispanoamericano» se enraíza (de manera deforme) en esa suerte de mixtura entre surrealismo, indigenismo y populismo, es porque seguimos anclados en un etnocentrismo ramplón. Ya lo dijo Enrique González Rojo en una entrevista de 1930 (uno de los máximos promotores del grupo poético mexicano “Contemporáneos”): «El europeo no siente curiosidad por nuestras actividades intelectuales y artísticas. Su situación prominente en el desarrollo de la cultura actual lo hace ser, si no despectivo, cuando menos indiferente a manifestaciones que considere reflejo de las suyas. Sólo le llaman la atención nuestra arqueología y… nuestras revoluciones.» Pues bien, la obra del mexicano (aunque criado en Perú) Mario Bellatin impone quitarse esta venda de los ojos. En el Gran Vidrio asistimos al relato de tres autobiografías que nada tienen que ver ni con el realismo mágico, ni con el indigenismo, ni con la denuncia social. Muy al contrario, nos enfrentamos a la torsión de la realidad, al descubrimiento de lo extraño, lo fantasioso, lo puramente fragmentado que hay en la identidad. Da igual México que Irán, da igual un transexual que un maestro sufí, da lo mismo un niño convertido en expositor de genitales que una mujer-hombre transformada en marioneta y escritor cuya danza mecánica trata de evitar el desahucio de la casa. Se trata de ficción. Se trata de recuperar el poder demiúrgico de la palabra y romper, así, la camisa de fuerza de la identidad. Lo resume “ficcionado” también el propio Bellatin: «¿Qué hay de verdad y qué de mentira en cada una de las tres autobiografías? Saberlo carece totalmente de importancia. Hay una cantidad de personajes reales comprometidos. Un antecedente personal que tiene que ver con la estirpe de corte fascista de la que provengo, una secretaria enferma, la imposibilidad de habernos conformado como una familia normal. La necesidad de borrar todas las huellas del pasado, de difuminar lo más que se pueda una identidad determinada, basada principalmente en la negación del tiempo y el espacio que supuestamente debían corresponderme. Cambiar de tradición, de nombre, de historia, de nacionalidad, de religión, son una suerte de constantes. […] Pero no para crear nuevas instituciones a las cuales adscribirme. Sencillamente para dejar que el texto se manifieste en cualquiera de sus posibilidades». Si busca en Bellatin a Vargas Llosa, Fuentes, Márquez o Rulfo se equivoca, topará con Kafka, el Bartleby de Melville ó Pessoa. Narrativa de lo extraño. Obra en el sentido en que Barthes calificaba al “autor” (écrivain) como fundador de discursividad, en contraposición de “escritor” (écrivant) entendido como productor de textos. Espero que les apasione tanto como a mí.